
El verano del pasado año, mientras se exponían los últimos paisajes de Vincent van Gogh en el museo Thyssen-Bornemisza en el Teatro Real de Madrid moría cada noche Cio-cio San, Madama Butterfly, como las mariposas que quedan expuestas, prendidas de un alfiler ya sin vida, enmarcadas en un cuadro.
Rafael Argullol al reflexionar sobre la exposición del pintor holandes recuerda que Vincent reitera que su pintura es, “por encima de todo, su propio desnudamiento de la naturaleza puesto que la tela siempre tiembla: el arte es una pelea abierta al aire libre. Van Gogh exige a la pintura respirar a pleno pulmon. Toda una lección para quienes reivindican un arte recluido en los sótanos de la vida.
Joost Smiers señala que todo lo que es frágil necesita protección: cultura y ecología. Es evidente que el planeta se encuentra en un proceso de deterioro, la tierra está herida, como indican Miguel Delibes padre y Miguel delibes, hijo: es alarmante el aumento del agujero de la capa de ozono, el cambio climático, el efecto invernadero, el deshielo de los polos, el aumento de huracanes, la desertificación, la desaparición de especies. Todos tenemos que modificar nuestras conductas para salvar nuestro habitat, la naturaleza. El sociólogo Jeremy Rifkin vincula la cultura y la ecología:
La cultura, cómo la naturaleza, puede sufrir una destrucción total. Si se explota en exceso y se desperdicia, el mercado corre el riesgo de perder la gallina de los huevos de oro. La diversidad cultural, entonces, es comparable a la biodiversidad. Si toda la rica diversidad cultural se explota para obtener ganancias a corto plazo y no se da lugar al reciclaje y a la repoblación, la economía perderá el fondo de experiencias humanas que constituyen la materia de la producción cultural.
De ahí que tanto la conservación de la biodiversidad como la preservación de la diversidad culturan sean los grandes movimientos sociales del siglo XXI.
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